94 cosas que hay que hacer en Galicia al menos una vez en la vida

Por mucho que creas conocerla, Galicia mantiene siempre la capacidad de sorprender. Hecha de piedra y agua, con su complejo mundo rural, sus ciudades llenas de personalidad, una naturaleza que deja sin palabras, una gastronomía elaborada con productos sin parangón, tradiciones ancestrales completamente vivas y una magia que, lo creas o no, está ahí, sólo una vida no basta para recorrerla. Elaboramos una lista de algunas de las cosas imprescindibles que hay que hacer en Galicia, capaces de llenar de morriña incluso a los que nunca han estado allí.

1. Flipar en la rapa das bestas de Sabucedo. Un espectáculo atávico de los que te devuelven a un estado anímico en el que no recordabas haber estado jamás. Animal, hombre, el curro, el polvo, los relinchos al aire, el corte de crines y el aliento contenido.

2. Discutir sobre si la de Rodas, en Cíes, es la mejor playa del mundo o no. Terminar discutiendo sobre la existencia de los ránkings en general, concluir que son absurdos y acabar elaborando uno propio de playas preferidas. Y que la de Rodas salga, naturalmente.

3. Que el Camino de Santiago te cambie la vida. Sea el francés, el del norte o el portugués, todos sabemos que este es el único camino.

4. Aterrorizarse en el entroido (carnaval) de Laza. Los Peliqueiros son una cosa única, ancestral, apasionante desde el punto de vista antropológico… y terrorífica.

5. Teñirse las puntas de los dedos de negro pelando castañas en un magosto popular.

6. Subir al mirador de la Curota y entrecerrar los ojos para distinguir incluso las rías más lejanas.

7. Empaparse de la vida mariñeira en los puertos de pescadores que permanecen, vivos y útiles, resistiéndose a ser piezas de museo etnográfico. Malpica, Cariño, Burela o Bueu, en diferentes tamaños e importancia, son buenas muestras de esta realidad.

8. Visitar los monasterios de la Ribeira Sacra
fascinándose con la naturaleza, el románico y el vino.

9. Tener un rapto místico en San Pedro de Rocas, uno de esos lugares mágicos ineludibles de Galicia.

10. Confundirse a veces la calle García Barbón de Vigo con la Gran Vía madrileña.

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A rapa das bestas

Corbis

11. Regodearse en el glamour old school a lo Battle Creek en las instalaciones belle-epoque (supervivientes de un incendio que las dejaron hechas unos zorros) del balneario de Mondariz.

12. Darlo todo con las orquestas de una de las incontables verbenas populares y terminar desgañitándose con “Galicia cada día mais linda mais linda cada día melhor e melhor”.

13. Sobrecogerse con las procesiones de la Semana Santa ferrolana.

14. Dejarse los gemelos y los embragues en las cuestas de Vigo.

15. Hacer el salvaje en el desembarco vikingo de Catoira.

16.
Comer (y sobre todo beber) en un furancho.

17. Pensar que los acantilados de A Capelada son más vertiginosos que cualquiera que hayas visto en Irlanda.

18. Darse cuenta de que la vida nunca deja de sorprenderte al encontrar el lugar en el que el avión de Leslie Howard (Ashley Wilkes en Lo que el viento se llevó) se estrelló durante la segunda Guerra Mundial, frente a la costa de Cedeira.

19. Sentarse en esa punta pedregosa al lado del faro de Fisterra y sentir que estás, literalmente, en el fin del mundo.

20. Montarse unas cuantas rutas literarias:
visitar el pazo de Otero Pedrayo en Trasalba, bien de fidalguía acomodada. Y hacer la ruta de A Esmorga leyendo A Esmorga, en Ourense. Con sobredosis etílicas pero sin violaciones. Y conocer la casa museo de Emilia Pardo Bazán en A Coruña.

\"Fisterra\"

Fisterra: muerte, puesta de sol, fin del mundo y renacimiento

Félix Lorenzo

21. No, el pazo de Meirás no se puede visitar.

22. Y rendir tributo a Rosalía de Castro dedicándole un “adiós ríos, adiós fontes; adiós regatos pequenos” (o tal vez algún verso menos conocido pero más combativo) en su casa de Padrón.

23. Y continuando en Padrón, evocar a Camilo José Cela, genio y figura, en su fundación.

24. Y en Santiago, visitar “La casa de la Troya”, la pensión decimonónica real que inspiró una novela de estudiantes retrato de la ciudad y de su tiempo.

25. Y en Vilanova de Arousa, recorrer los escenarios de la vida y obra del irredento Valle Inclán.

26. Y ya en Vilanova, no olvidarse de Julio Camba, periodista de los de pluma luciferina capaz de ser hipercosmopolita y localísimo a la vez sin despeinarse.

27. Sobrecogerse con los dibujos de Castelao sobre la Guerra Civil, herederos directos de los Desastres de la Guerra de Goya, en el Museo de Pontevedra.

28.
Peregrinar a San Andrés de Teixido porque temes tener que hacerlo tres veces muerto si no lo haces en vida, y una vez allí alucinar con la situación al borde del acantilado del santuario.

29. Comprar allí mismo el souvenir más folkie, más auténtico y colorista: las figuritas de pan.

30. Buscar la sonrisa de Daniel en el pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago.

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San Andrés de Teixido: reencarnaciones, catolicismo y figuras de pan

Corbis

31. Aspirar el incienso que emana el Botafumeiro para distraernos del olor a humanidad de los peregrinos. El Botafumeiro, hoy como hace mil años, siempre necesario.

32. Aplaudir a los tiraboleiros cuando detienen su recorrido en seco con un certero salto.

33. Contagiarse de la emoción de las generaciones de peregrinos que durante mil años han recorrido el camino al divisar las torres de la Catedral de Santiago desde el Monte do Gozo.

34. Esquiar (lo poco que se pueda) en Cabeza de Manzaneda.

35. Contemplar la catedral de Tui iluminada de noche.

36. Cruzar el Miño de Tui a Valença
(Portugal) por el viejo puente. El nuevo no tiene el mismo encanto.

37. Probar el pan de Cea.

38. Probar la tortilla de patatas de Betanzos.

39. Probar el pulpo de la isla de Ons… …y el de las pulpeiras de Carballiño. No saber con cuál quedarse.

40. Darse, de vez en cuando, el homenaje de una mariscada y pensar que por cosas como esa la vida pese a todo vale la pena. Direcciones en las Rías Altas aquí y en las Rías Baixas aquí.

\"Botafumeiro\"

El ritual del botafumeiro de la Catedral de Santiago

Corbis

41. Salir de tapeo en Lugo y llevarse alegrías constantes al tiempo que se bendice el concepto de tapas gratis. Y deliciosas.

42. Tomar lamprea, ese animal superviviente de la evolución que podría estar en el grupo del dodo, en forma de empanada o cocinado en su propia sangre (mucho más prehistórico) en Arbo.

43. Tomarle el pulso a la cocina de vanguardia gallega. Empezando por aquí, por ejemplo.

44. Recorrer a Illa de Arousa en bicicleta
.

45. Encontrar un día (imprescindible fuera del verano) en el que la playa de las Catedrales no esté atestada.

46. Pasearla con los pies descalzos (si se puede) pensando que ha merecido la pena esperar a que baje la marea.

47. Pasar alguna noche acampado en Ons o Cíes y sentir envidia por los Robinsones.

48.
Recorrer la muralla romana de Lugo.

49. Encontrar por todas partes ejemplos del feísmo en Galicia. Y acabar hasta por encontrarlo entrañable.

50. Identificar los dibujos en piedra de los petroglifos de Campolameiro.

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Playa de Rodas, Islas Cíes: este paraíso sí que se merece un legado do Tibu

Thinkstock

51. Participar en alguna fiesta religiosa en la que el catolicismo se mezcla con el animismo y las creencias más ancestrales, como Santa Marta de Ribarteme, con gente saliendo en procesión dentro de ataúdes.

52. Botar como si no hubiera un mañana escuchando las gaitas del Festival de Ortigueira.

53. Conocer Viveiro durante la Semana Santa. Fuera de ella también merece la pena.

54. Enamorarse de Allariz, un pueblo tan cuidado, tan limpio y coquetón que provoca aplausos y premios internacionales.

55. Meterse en la piel de Pedro Madruga en el Castillo de Soutomaior, con sus vistas y sus arcos medievales.

56. Navegar por el río Sil entre los impresionantes cañones que su serpenteo dibuja en la tierra.

57. Ponerse romántico nivel Alejandro Dumas
hijo asistiendo al florecimiento de la camelia, esa flor delicada y frágil como una prostituta tísica, por ejemplo en el Pazo Quiñones de León de Vigo o en la alameda de Santiago.

58. Recorrer los jardines del Pazo de Oca y pensar que, con sus setos, sus puentes y sus flores, sí merece el apelativo de “El Versalles gallego”.

59. Elogiar el talento para la localización que tenían los habitantes de la Galicia pre-romana en el Castro de Santa Tecla o en el de Baroña.

60. Enmudecer ante la contemplación de los percebeiros que trabajan bajo los envites de las olas en la costa da morte.

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Pulpeira, creando

Thinkstock

61. Acordarse todo el rato de El bosque animado recorriendo algunos de los bosques más hermosos, esos en los que la magia parece posible, como As Fragas do Eume o A Marronda.

62.
Pasar una noche de San Juan dándolo todo en las playas de Coruña, viendo cómo las hogueras se reflejan en las galerías blancas de sus viviendas típicas.

63. No olvidar en la ruta por faros gallegos, siempre en situaciones espectaculares (el de la Illa de Arousa, el de Fisterra, el de Ons), la Torre de Hércules, legendaria construcción símbolo de la ciudad de Coruña.

64. Constatar que, efectivamente, en Galicia hay agua en todas partes bañándose en una poza natural como las da Chavasqueira en Ourense o Mougas en Oia.

65. Constatar que, efectivamente, en Galicia hay agua en todas partes contemplando una fervenza (cascada) natural como la de Silleda, la de Belelle en Neda o la de Vieiros.

66. Constatar que, efectivamente, en Galicia hay agua por todas partes siguiendo alguna de las rutas por molinos, ya casi todos en desuso, como los de Barosa, O Folón o Guitiriz.

67. Constatar que, efectivamente, en Galicia hay agua por todas partes disfrutando de los balnearios más reconfortantes, relajantes y sanadores, como el de A Toxa, Lobios o Lugo.

68.
Sentir que el concepto playa paradisíaca desierta está mucho más cerca de lo que pensamos al encontrar lugares como las playas de Valdoviño, Cabo Udra y cabo Home, Carnota, Ortigueira o Muros.

69. Sí, el tiempo no va a ser caribeño siempre y la temperatura del agua no invitará al baño, pero jo, son realmente lugares increíbles.

70. Vivir una vendimia en la zona del albariño.

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Torre de Hércules

Corbis

71. O catarlo el resto del año en cualquiera de sus bodegas o en la plaza de Fefiñáns de Cambados.

72. Navegar por las rías sorteando bateas, riscos y acantilados y sufrir un pasmo de belleza al contemplar los paisajes desde una perspectiva opuesta a la habitual.

73. Presenciar un conxuro da queimada, con su invocación a todos los seres invisibles y su bola de fuego en forma de aguardiente que se abre paso hasta tu estómago.

74. Experimentar las delicias y horrores del licor café. Casero, a ser posible.

75. Acercarse hasta el denominado “banco más bonito del mundo” en Loiba.

76. Pensar que este tipo de títulos tan grandilocuentes están bien si logran llamar nuestra atención sobre lugares tan especiales como ese.

77. Experimentar por qué el monte Pindo (pese a los incendios) era considerado un lugar sagrado.

78. Tener una reminiscencia de Astérix ante las pallozas de Piornedo u O Cebreiro.

79. Ponerse medievaloide en la festa da Historia de Ribadavia.
Encontrarse mientras se da un paseo por el monte (por cualquier monte) caballos, vacas e incluso ciervos y zorros que viven en libertad. Encuentros que no pueden planearse y que se recuerdan siempre.

80. Observar el sincretismo cultural y religioso que “cristianiza” rocas, fuentes y elementos anteriores a la romanización, herederos de creencia ancestrales. El santuario de A Lanzada o a Virxe da barca de Muxía son buenos ejemplos.

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Queimada, la bebida pagana

Thinkstock

81. Morir de ganas de trepar y deslizarse por las dunas de Corrubedo. No, no se puede.

82. Localizar al santo con gafas en la fachada de la basílica de Santa María, en Pontevedra.

83. Hacer una pausa de los monasterios románicos y completar la visión de Galicia con ojos de arquitecto en la iglesia de Panxón, diseñada por Antonio Palacios, única en su estilo.

84.
Seguir la huella de los indianos más exitosos en forma de sus casas espectaculares en Ribadeo o en el inclasificable, kitsch y encantador Parque del Pasatiempo de Betanzos.

85. Hacer el camino de ronda propio del pasado militar del castillo de San Felipe de Ferrol.

86. Contar hórreos, bateas y turistas en Combarro.

87. Hacer la ruta París-Dakar de Santiago. Una ruta por los bares de la rúa do Franco convertida ya en itinerario mítico que pone a prueba la resistencia de los bebedores más recalcitrantes.

88. Bajar a la Cova do Rei Cintolo, en Mondoñedo, la cueva más grande de Galicia, evocando sus leyendas y sus reminiscencias de regresar al útero materno.

89. Paradorear a lo grande en el centro de una ciudad en el elegante Hostal dos Reis Católicos de Santiago.

90. Paradorear a lo grande en un entorno marítimo único en el Parador de Bayona.

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Dunas de Corrubedo

Corbis

91. Paradorear a lo grande en un pueblo de interior lleno de sabor en el Parador de Monforte de Lemos.

92. Contemplar las vistas de Verín desde el castillo de Monterrei.

93. Recitar la cantiga homónima en la isla de San Simón, en el corazón de la ría de Vigo.

94.
Empaparse del concepto enxebre recorriendo cualquiera de los pueblos de costa o interior de Galicia. Encontrar un lugar único y especial para ti que no figure en ninguna lista de imprescindibles a visitar. Siempre aparece.

 

\"Galicia:

Galicia: morriña asegurada aunque no la conozcas

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